Por Amor A Sade | LUCIANO LUTEREAU

Por Amor A Sade | LUCIANO LUTEREAU

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Donatien Alphonse François marqués de Sade desde el fondo de sus reinos subterráneos fundó una discursividad que llevó hasta las últimas consecuencias la escritura de una letra prohibida, no por los que exclamaban ver su cabeza colgando en la guillotina, sino por la ley significante propiamente dicha. Si acaso podemos hablar de una perversión en Sade, cosa que no está zanjada desde el vamos, ésta no hay que buscarla en las orgías olímpicas a las que se entregaban los libertinos que brotaban de su pluma, tampoco se trata de rastrearla en sus periplos biográficos más o menos infames como una suerte de psicobiografía de mal gusto, si podemos hablar de perversión en Sade, despojémonos de la fusta y de todos los utensilios de tortura que adornan el decorado sádico, porque la perversión,  sostiene Luciano Lutereau, es un hecho de discurso. 
 “La función de lo escrito no constituye el indicador sino la vía férrea misma” empuña Lacan en el posfacio del Seminario 11, porque su orientación hacia lo real así lo exige, pues verán, a partir de Lituraterre (1971) lo escrito y el significante crecen en distinto suelo, son de naturalezas distintas, para decirlo en otras palabras, el significante es a lo simbólico lo que la letra a lo real. En esta vía férrea se desliza el autor para hilvanar un recorrido que revela que el programa de escritura sadiano obedece estrictamente a las leyes de una retórica que tienen por axioma decirlo todo.
Pues bien, la obra de Sade nos confronta a los psicoanalistas con esta pregunta: ¿Cómo separar el caso de la literatura, si en ningún otro campo clínico la obra literaria nos mostró con mayor agudeza las formas que encarna el deseo en la perversión? Si el arte se adelanta al psicoanálisis, como nos lo ilustraron Freud y Lacan, se tratará entonces de dejarnos enseñar por sus operaciones estéticas y literarias. 
 Los laberintos de la prosa sadiana han sido allanados a lo largo y a lo ancho por todo una tradición filosófica francesa de mediados del siglo pasado a quienes le rinde su debido homenaje el autor, no faltan las referencias a Bataille, Deleuze, Foucault, Barthes, Blanchot, Klossowski entre otros especialistas en Sade para interrogar su gesto discursivo, su gramática y la perversión como recurso textual, aunque en rigor de verdad esta obra se propone más bien extraer de su dispositivo de escritura un decir que atraviesa desde el primero al último el conjunto de los dichos.
Regido por el axioma de decirlo todo se erige una propuesta estética que en la ruina de la palabra bordea el clamor áfono de la voz. Allí donde la palabra encuentra sus límites, en ese litoral,  surge la escritura de una letra de goce que hiende al cuerpo. Sade hace patente lo que el amor encubre, que no se puede gozar del cuerpo del Otro si no es a condición de fragmentarlo y cortarlo en pedazos. El decir de Sade penetra por el único agujero del cuerpo que no puede cerrarse -el oído no tiene párpados- para resonar y hacer eco en el vacío del Otro, constituyendo ésta, y no las hazañas de sus libertinos, su violación fundamental.
Podemos trazar un arco que va desde un análisis estético de Sade como nombre de un método de escritura, exégesis que se realiza conforme a una profunda revisión del objeto a en su forma de voz como fundamento pulsional del discurso y la escritura propia del sadismo y el masoquismo, -aunque el universo literario de Sade, como dejó asentado Deleuze, no tenga nada que ver con el de Sacher-Masoch. Hacia formalizar una estíquica, si me permiten la expresión, es decir una teoría estética que tiene en el más acá de sus postulados la tyche que Lacan importa de la Física aristotélica al interior de la experiencia analítica, para traducir esa forma de la repetición que confina en el más allá del principio de placer como “encuentro con lo real”. Porque una estética que se pretenda psicoanalítica implica una reformulación de las categorías de espacio y tiempo como formas a priori de la sensibilidad tal como son expuestas en la estética trascendental de Kant, a partir, respectivamente, de poner en su lugar la topología del objeto a y la dimensión temporal inmanente al psicoanálisis que Freud bautizó en 1920 compulsión a la repetición.
Sade era un teórico que amaba la verdad, comenta Lacan, por eso quedaba siempre corto en sus miras, “nunca es demasiado verde (la Verdad) para un perverso” escribió Osvaldo Lamborghini en Literal 2/3 a tono con el espíritu sadiano, porque en tanto cabalga con una pata en lo simbólico y con otra en lo real, la verdad nunca puede decirse toda. La repetición de ese fracaso de la verdad es lo que escande la perorata de los héroes de Sade que como el mar siempre vuelve a comenzar.
Sade fue un síntoma para su época escribe Lutereau, y durante un buen tiempo la perversión también lo fue para el psicoanálisis. El slogan universitario de que los perversos nunca llegan a análisis o que la perversión clínica no existe, y cuando existía el azoramiento que provocaban las manifestaciones del deseo perverso en el analista cuando éste no estaba en regla con su deseo, sumado a la falta de acuerdo que podía haber en el interior de un mismo grupo psicoanalítico en materia de perversión habían dejado en el campo del psicoanálisis su saldo en lo real, esto es, una producción teórica confinada al terreno de las neurosis y las psicosis en desmedro de la perversión. En los últimos años hubo una creciente producción destinada a cernir las coordenadas subjetivas de la perversión favoreciendo su alcance psicopatológico, pero muchos psicoanalistas quedaban fascinados, es decir enceguecidos, ante las peripecias fantasmáticas de la perversión bosquejando una teoría absolutamente deslastrada de la práxis sin poder dar ni un paso más para formalizar una dirección clínica. Salvo raras excepciones de las cuales la más notoria, aunque ya lejana, la constituyó La impostura perversa (1993) de Serge André, el problema del análisis propiamente dicho en la perversión permanecía casi intacto.
Esta obra da un paso capital en este sentido, partiendo de una investigación estética del procedimiento de escritura del marqués que se apoya en el nombre de Lacan para ser restituida a los problemas de su tiempo, se abre camino para avanzar en una orientación estrictamente clínica del análisis de la perversión. 
Concebir la perversión a nivel de la forma en la que un sujeto habita el lenguaje, tal como la entiende Lutereau, no sólo tiene la ventaja clínica de no extraviarnos, como puede ocurrir también con el delirio, en la selva del fantasma, sino que es, esencialmente, lo que separa las aguas entre el psicoanálisis y cualquier otra disciplina de corte psiquiátrica o psicológica. Además, lejos del sueño neurótico, la respuesta del fantasma perverso a la castración es como cualquier otra respuesta, siempre fallida y en efecto la perversión no puede sustraerse a la división irremediable que afecta al ser hablante y que es el objeto del psicoanálisis, “en todo caso, se trata de esclarecer cuáles son los términos de su división”, cito al autor, para subrayar con trazo grueso una de las más valiosas conquistas clínicas de este libro, que se impone estar a la orden del día en cualquier horizonte de análisis de cuño lacaniano.
Para concluir, le dejo al lector el gusto de enamorarse, pelearse y volverse a reconciliar con esta obra sin par porque aunque la perversión sea el fracaso del amor, a decir verdad, Por amor a Sade es menos un ensayo de filosofía y psicoanálisis consagrado a la perversión que una declaración de amor.
 
La Falda, octubre de 2014
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